El arrullo de las olas me mece el espíritu y me calma. Las olas rompen en la orilla con un brillante manto de espuma blanca que me moja los pies descalzos. El agua está clara, cristalina, tanto que puedo ver destellos de plata que desprenden las escamas de los pececillos que nadan a toda velocidad.
El agua está fría, pero no me importa, porque así siento más los dedos que caminan sobre la arena. Una arena fina y clara, casi blanca, que cruje con delicadeza y me acaricia los pies mojados. Casi parece que ando sobre pan rallado. Sólo puedo ver mis huellas sobre la arena, en mi misma dirección.
Estoy volviendo sobre mis pasos cuando una sombra pasa sobre mi cabeza y la oigo. Una gaviota grande y blanca planea sobre mi cabeza soltando su familiar graznido. Y entonces, al mirar hacia arriba la luz cegadora del sol me hace cerrar los párpados, y caminar a ciegas. Este sol no quema, me arropa entre sus haces de luz como una manta en una fría noche de invierno.
También siento el viento. Una dulce melodía de susurros que una brisa fresca y delicada posa en mis oidos y me hace inspirar profunda y lentamente.
El aire me despeina y me llevo la mano a la cabeza donde noto el pelo mojado. Me he bañado en las aguas claras y me he dejado flotar entre su basta profundidad. Sí, noto los ojos levemente enrojecidos y la sal en las pestañas.
Sigo caminando por la orilla siguiendo mis propias huellas hacia ninguna parte. A mi izquierda, pequeños cangrejos cloquean y caminan ladeados en dirección a las aguas cristalinas y a mi derecha un pequeño sombrero verde, formado por multitud de plantas, corona una alta duna de arena blanca. Palmeras altas y arbustos bajos se mecen al son del viento que nos une.
Casi sin darme cuenta llego hasta un punto donde aparece otro grupo de huellas y me doy cuenta de que son mis propias huellas de nuevo. Ya le he dado otra vuelta completa a la isla.
Porque esto es una isla, mi isla.
Sin más fuerzas en las piernas, pero sin estar cansado, me dejo caer sobre la arena. Y aquí tumbado, mirando al sol con los ojos cerrados, me duermo.
...
Al abrir los ojos de nuevo, aquí estoy otra vez. Entre las mismas cuatro paredes de siempre. Con el mismo ruido infernal de la ciudad de siempre. En el mismo ordenador y con el mismo maldito trabajo de siempre.
Pero por un rato ya no me importa. Porque siempre tendré esa isla, mi isla. Puede que no sea una isla real o quizás incluso esté loco solo por imaginarlo. Pero solo pensadlo, todos podemos tener nuestra propia isla. Cerrad los ojos, y navegad hasta allí. Imaginad vuestro oasis en este mundo que nadie parece disfrutar y tumbaos a descansar.
Que mientras, yo siempre podré volver a mi isla para descansar.
miércoles, 17 de julio de 2013
sábado, 13 de julio de 2013
Rebelde.
La mayoría no os podríais ni imaginar lo que era estar allí encerrado. Un habitáculo de menos de dos por dos, sin luz. Sin aire. Un espacio vacío, oscuro y gris. No recordaba cómo ni por qué había entrado allí, pero allí estaba. El suelo frío me helaba los pies y el alma. Estaba sólo, y lo odiaba.
Cada día me sentaba en ese suelo a pintorrear las paredes con dibujos abstractos de todo lo que odiaba, de todo lo que amaba y de todo lo que soñaba. Me pasaba los días y las noches cavilando y paseando por aquella estrecha sala. Quizás pensaba demasiado. Sabía que en algún momento perdería la cabeza, lo único que podía hacer era esperarlo.
¿Que si pensé en el suicidio? Claro. Pero incluso para mí, eso era demasiado cobarde. Había cargado demasiado peso en los hombros, no podía cargar también con eso. Cada vez aprendía más de mis errores. Cada vez que pensaba lo hacía más de dentro hacia afuera y no al contrario. Quizás de verdad encerrarme sirviera para algo.
Casi me había acostumbrado a esas paredes que casi se habían convertido en mi únicas amigas, ellas y yo. Yo era mi única compañía. Hasta que de pronto ví aquella ventana llena de barrotes. Una pequeña ventana que parecía abrirse al exterior. ¿De donde había salido? ¿Siempre estuvo ahí? No lo recordaba, o de verdad ya había perdido la cabeza. Me acerqué con cautela a aquellos barrotes negros y me agarré a ellos.
Me aferré a aquellos barrotes como si mi vida dependiera de ello. Como si me ahogara en la inmendisas del mar y ellos fueran un salvavidas. Me orprendí de lo que vi allí fuera. Vi una multitud de personas que se alejaban de mí y de ellos mismos. Veía las calles desde arriba y cómo todas aquellas personas eran guiadas por otras en grupos, como un rebaño. Entonces me planteé si realmente no era mejor estar allí encerrado que salir fuera y que intentaran dirigirme.
Y de pronto lo vi claro. Estaba allí dentro porque no me dejaba guiar. Porque pensaba diferente. Nadie me había metido allí, había entrado yo mismo.
En ese momento decidí que ya no quería estar más tiempo allí encerrado. Quería salir, salir y pensar en libertad. Quería ser libre.
Los barrotes adheridos a mis manos comenzaron a deshacerse entre mis dedos como arena en el desierto. Las paredes de mi celda comenzaron a derrumbarse con el simple poder de mi voluntad. La voluntad de volar. Y me puse en pie tras los escombros de mi prisión, una cárcel de arena que yo mismo había construido para mí. Y salí.
Salí a un mundo gris a pensar diferente, en color. A vivir diferente. Decidí no volver a ser encarcelado nunca más por nadie solo por ser un rebelde.
Porque eso es lo que era. Lo que soy. Un rebelde.
Un rebelde de pensamiento.
Rebelde, hasta el día que muera.
Cada día me sentaba en ese suelo a pintorrear las paredes con dibujos abstractos de todo lo que odiaba, de todo lo que amaba y de todo lo que soñaba. Me pasaba los días y las noches cavilando y paseando por aquella estrecha sala. Quizás pensaba demasiado. Sabía que en algún momento perdería la cabeza, lo único que podía hacer era esperarlo.
¿Que si pensé en el suicidio? Claro. Pero incluso para mí, eso era demasiado cobarde. Había cargado demasiado peso en los hombros, no podía cargar también con eso. Cada vez aprendía más de mis errores. Cada vez que pensaba lo hacía más de dentro hacia afuera y no al contrario. Quizás de verdad encerrarme sirviera para algo.
Casi me había acostumbrado a esas paredes que casi se habían convertido en mi únicas amigas, ellas y yo. Yo era mi única compañía. Hasta que de pronto ví aquella ventana llena de barrotes. Una pequeña ventana que parecía abrirse al exterior. ¿De donde había salido? ¿Siempre estuvo ahí? No lo recordaba, o de verdad ya había perdido la cabeza. Me acerqué con cautela a aquellos barrotes negros y me agarré a ellos.
Me aferré a aquellos barrotes como si mi vida dependiera de ello. Como si me ahogara en la inmendisas del mar y ellos fueran un salvavidas. Me orprendí de lo que vi allí fuera. Vi una multitud de personas que se alejaban de mí y de ellos mismos. Veía las calles desde arriba y cómo todas aquellas personas eran guiadas por otras en grupos, como un rebaño. Entonces me planteé si realmente no era mejor estar allí encerrado que salir fuera y que intentaran dirigirme.
Y de pronto lo vi claro. Estaba allí dentro porque no me dejaba guiar. Porque pensaba diferente. Nadie me había metido allí, había entrado yo mismo.
En ese momento decidí que ya no quería estar más tiempo allí encerrado. Quería salir, salir y pensar en libertad. Quería ser libre.
Los barrotes adheridos a mis manos comenzaron a deshacerse entre mis dedos como arena en el desierto. Las paredes de mi celda comenzaron a derrumbarse con el simple poder de mi voluntad. La voluntad de volar. Y me puse en pie tras los escombros de mi prisión, una cárcel de arena que yo mismo había construido para mí. Y salí.
Salí a un mundo gris a pensar diferente, en color. A vivir diferente. Decidí no volver a ser encarcelado nunca más por nadie solo por ser un rebelde.
Porque eso es lo que era. Lo que soy. Un rebelde.
Un rebelde de pensamiento.
Rebelde, hasta el día que muera.
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