Me gusta salir a pasear. Andar sin rumbo solo con música y mis pensamientos. Realmente es el único momento que tengo para pensar. O quizás sea el único momento en el que no lo hago.
Paseo por donde me llevan mis pasos, observando el mundo que me rodea, y cada vez me doy más cuenta de que no me disgusta tanto. Ando por el paseo marítimo con una banda sonora elegida al azar y el mar como escenario de fondo. Huele a sal y a arena mojada. Me percato de que chispea, pero no me molesta. Me gusta. Al fin y al cabo solo es agua; o eso dicen.
Me enciendo un cigarro mientras me cruzo con gente que me mira de todas las formas. Dicen que tengo hipervigilancia, es decir, que busco constantes amenazas. Los veo a todos.
Me cruzo a ancianas que me miran como si fuera un delincuente. Como diría mi padre «un baldao». Quizás no se imaginen que estudio una carrera. Quizás no les importe para sentirse capaces de juzgarme.
También me cruzo a abuelos que pasean como yo. Ellos me miran con envidia; puede que sientan la nostalgia de la juventud. Quizás no se imaginen que me siento viejo y tengo principio de artritis en una rodilla, como algunos de ellos. Quizás no se imaginen que yo envidio su larga y, seguramente, plena vida.
Además me cruzo con padres que pasean con niños de la mano. De su mirada brota una profunda desazón, como quien teme que su hijo pueda acabar igual que yo. Puede que no se les pase por la cabeza que yo también tengo padres a los que quiero y respeto por encima de todo. Puede que no se figuren que yo sueño con poder llegar a ser padre y tener un hijo al que querer y respetar.
Después me cruzo con una chica, que pasea su perro. Es casi rubia, con el pelo a un lado de la cara, a causa del viento. Me sonríe. Puede que le haya gustado. Pero pronto me mira con resignación; sabe que no le voy a hablar. Tal vez no haya pensando que si ella me hubiera dicho algo, yo habría respondido. Puede que no se haya imaginado que cualquiera que se cruce puede ser el amor de su vida, y los dos se dejan escapar.
Camino un poco más, cada vez más lento. Una brisa fresca se me pega a la cara y me hace cerrar los ojos. Casi puedo saborearla.
El cigarro se acabó hace rato, así que me enciendo otro y me siento en un muro, a mirar el paisaje. Nubes negras. Se avecina tormenta. Sonrío porque, en definitiva, ese es mi escenario. Una pintura desdibujada de nubes grises y contaminación a la que todo el mundo hace caso omiso, porque ¿para qué hacer caso a algo que no te afecta?
Me levanto y decido volver a casa, con la mente clara, la sonrisa espesa y el corazón pesado. Llueve en mi camino de vuelta. Dicen que el agua purifica, ojalá fuera verdad.
Me gusta salir a pasear.
miércoles, 27 de marzo de 2013
domingo, 17 de marzo de 2013
Lobo y Luna.
El bosque estaba oscuro. El pequeño lobo caminaba arrastrando las patas, solitario, como se esperaba de él. Caminaba en silencio, atento a todo lo que le rodeaba, desde las hojas secas mecidas por el viento helado, hasta crujido de las ramas de pino bajo sus huellas. Caminó hasta que la lengua caía a un lado de la mandíbula y jadeaba.
Entonces encontró un estrecho sendero. No entendía de donde venía, ni siquiera a dónde llevaba, pero algo en su instinto animal le hizo seguirlo. En aquel camino un grupo de corderos se le unió. Al principio los inocentes corderos temieron ante aquella bestia que nunca antes habían visto; pero al poco se dieron cuenta de que el lobezno no era peligroso. Era débil y flojo. Estaba marcado, sólo. Aquellos corderos lo repudiaron, lo marginaron porque ¿cómo iba a ser aquel animal, que parecía fiero, frágil y de virtud enclenque? Se convirtió en el lobo maltratado por corderos.
Aquel lobo, aunque había echado de menos la compañía de una raza que no existía, ahora se encontraba mejor solo.
Continuó andando sin descanso y fue creciendo. Se fue haciendo cada vez más fuerte, duro y terriblemente solitario. Anduvo y aunque cansado como antes, ahora lo hacía por dedicación y fuerza de voluntad. Entonces, entre las ramas y las hojas traslúcidas de los árboles observó unas aves. Unos pájaros que volaban en parejas y los envidió. Los envidió por poder mirar hacia abajo, y observar aquel mundo violento con desprecio. Y los envidió por volar en compañía. Y el lobo decidió no mirar hacia arriba, ni hacia abajo; solo al frente.
Pero ocurrió algo. Al haber mirado hacia arriba, el lobo vio una luz. Una luz brillante que resplandecía en lo más profundo de la oscuridad del cielo. Un círculo brillante y perfectamente blanco le observó. El lobo conoció a la Luna. Se dio cuenta de que aquella luz ahora le iluminaba el camino y echó a correr hacia ella. Corrió y corrió persiguiendo la Luna, aunque jadeara cada vez más. Los músculos le ardían y le pinchaban al bombear la sangre desde un corazón que latía con prisas. La persiguió noche tras noche y cuesta arriba, deseando volar como aquellos pájaros. Y entonces llegó a lo más alto del mundo, donde frenó de golpe haciéndole sangrar las patas. Vio claro en ese instante que jamás podría alcanzar a la Luna. Y gritó; gritó con todas sus fuerzas.
Allí aprendió a aullar, el lobo que se enamoró de la Luna.
Entonces encontró un estrecho sendero. No entendía de donde venía, ni siquiera a dónde llevaba, pero algo en su instinto animal le hizo seguirlo. En aquel camino un grupo de corderos se le unió. Al principio los inocentes corderos temieron ante aquella bestia que nunca antes habían visto; pero al poco se dieron cuenta de que el lobezno no era peligroso. Era débil y flojo. Estaba marcado, sólo. Aquellos corderos lo repudiaron, lo marginaron porque ¿cómo iba a ser aquel animal, que parecía fiero, frágil y de virtud enclenque? Se convirtió en el lobo maltratado por corderos.
Aquel lobo, aunque había echado de menos la compañía de una raza que no existía, ahora se encontraba mejor solo.
Continuó andando sin descanso y fue creciendo. Se fue haciendo cada vez más fuerte, duro y terriblemente solitario. Anduvo y aunque cansado como antes, ahora lo hacía por dedicación y fuerza de voluntad. Entonces, entre las ramas y las hojas traslúcidas de los árboles observó unas aves. Unos pájaros que volaban en parejas y los envidió. Los envidió por poder mirar hacia abajo, y observar aquel mundo violento con desprecio. Y los envidió por volar en compañía. Y el lobo decidió no mirar hacia arriba, ni hacia abajo; solo al frente.
Pero ocurrió algo. Al haber mirado hacia arriba, el lobo vio una luz. Una luz brillante que resplandecía en lo más profundo de la oscuridad del cielo. Un círculo brillante y perfectamente blanco le observó. El lobo conoció a la Luna. Se dio cuenta de que aquella luz ahora le iluminaba el camino y echó a correr hacia ella. Corrió y corrió persiguiendo la Luna, aunque jadeara cada vez más. Los músculos le ardían y le pinchaban al bombear la sangre desde un corazón que latía con prisas. La persiguió noche tras noche y cuesta arriba, deseando volar como aquellos pájaros. Y entonces llegó a lo más alto del mundo, donde frenó de golpe haciéndole sangrar las patas. Vio claro en ese instante que jamás podría alcanzar a la Luna. Y gritó; gritó con todas sus fuerzas.
Allí aprendió a aullar, el lobo que se enamoró de la Luna.
martes, 5 de febrero de 2013
Deseos.
Desearía...
Desearía viajar por todo el mundo.
Desearía perderme en algún sitio para encontrarme yo.
Desearía saltar en paracaidas.
Desearía dormir un día entero.
Desearía encontrar a la chica de mis sueños.
Desearía que ella me encontrase a mí.
Desearía ser escritor.
Desearía escribir una novela.
Desearía que lo que ya escribo emocionase a alguien.
Desearía cruzarme E.E.U.U. en un Dodge Charger del 70
Desearía escalar una montaña.
Desearía montar un cine clásico.
Desearía tener hijos.
Desearía llegar a ser abuelo.
Desearía seguir tatuándome hasta que me hartara.
Desearía poder explicarle a cada uno de mis nietos la historia de mis tatuajes.
Desearía tener una habitación solo para mis zapatillas.
Desearía casarme en la playa.
Desearía hacerme España de punta a punta en moto.
Desearía rodar una película.
Desearía aprender a cocinar.
Desearía viajar a Disneyland con mis amigos.
Desearía vivir solo.
Desearía ser inspiración.
Desearía aprender a cantar.
Desearía poder pasar un mes en una casa, en la montaña, perdido e incomunicado.
Desearía que mi mente enamorara.
Desearía andar por la Muralla China.
Desearía viajar al espacio.
Desearía vivir sin miedo.
Desearía...
Desearía viajar por todo el mundo.
Desearía perderme en algún sitio para encontrarme yo.
Desearía saltar en paracaidas.
Desearía dormir un día entero.
Desearía encontrar a la chica de mis sueños.
Desearía que ella me encontrase a mí.
Desearía ser escritor.
Desearía escribir una novela.
Desearía que lo que ya escribo emocionase a alguien.
Desearía cruzarme E.E.U.U. en un Dodge Charger del 70
Desearía escalar una montaña.
Desearía montar un cine clásico.
Desearía tener hijos.
Desearía llegar a ser abuelo.
Desearía seguir tatuándome hasta que me hartara.
Desearía poder explicarle a cada uno de mis nietos la historia de mis tatuajes.
Desearía tener una habitación solo para mis zapatillas.
Desearía casarme en la playa.
Desearía hacerme España de punta a punta en moto.
Desearía rodar una película.
Desearía aprender a cocinar.
Desearía viajar a Disneyland con mis amigos.
Desearía vivir solo.
Desearía ser inspiración.
Desearía aprender a cantar.
Desearía poder pasar un mes en una casa, en la montaña, perdido e incomunicado.
Desearía que mi mente enamorara.
Desearía andar por la Muralla China.
Desearía viajar al espacio.
Desearía vivir sin miedo.
Desearía...
miércoles, 30 de enero de 2013
Acantilado.
—Ahí arriba en el borde de tu propio precipicio miras con añoranza aquello que una vez creíste conocer. Aquello que una vez creíste tener. Ves el cielo encapotado amenazando tormenta. Te abrigas ciñiéndote la capucha y la bufanda creyendo que así te proteges.
Lo ves como un mar oscuro y embravecido; un lejano y profundo abismo que observas desde tu roca. Un poderoso amasijo de incertidumbre que golpea el acantilado y que, aunque te salpica de vez en cuando, te da tanto miedo como te atrae…
—Miedo no… me aterra…
—Y aun así estás deseando bañarte, lanzarte y sumergirte. Ansías con todo tu ser que sus frías aguas te bañen la piel y te dejen fluir por la fuerte corriente de las profundidades de una inmensidad desconocida...
Así, amigo mío es como vives el amor...
—Me encantaría ahogarme en él...
—Sí, ya lo sabía.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Des-libertad.
Recomiendo leerlo con esta canción. Es con la que lo he escrito.
Me desperté de pronto tras un precioso sueño, con esa sensación de haberme saltado un escalón aun anudada en el estómago. Los pies en las baldosas frías me despertaron del todo y me trajeron el mundo real. Un mundo real que no siempre es peor que el de los sueños.
Una sensación extraña me invadió como el aire frío que entra en los pulmones una tarde invernal. Una sensación que no sentía desde hace tiempo. Me sentí libre. Esa libertad me impulsó de pronto y comencé a moverme.
El Sol del amanecer se colaba por mi ventana, por la que entraba una suave brisa con olor a mar y arena mojada. El silencio reinaba por doquier. Me vestí despacio, disfrutando de cada paso como nunca antes había hecho, y curiosamente me gustaba. El tacto del interior de la sudadera. La camiseta fría en la espalda. La rugosidad de los vaqueros o la presión de los calcetines. Parece una estupidez, hasta que eres consciente de todo el proceso y de cuanto tiempo se tarda en hacerlo. Apenas unos minutos que nunca más volverán.
Decidí salir a la calle casi por impulso, quería ser consciente de mi libertad, fuera de mis cuatro paredes. Al pisar la acera el brillo del Sol me cegó un momento y cerré los ojos. La calidez de su luz me acarició la cara y me quedé allí disfrutando de aquella sensación. Sí, definitivamente quería demostrar mi libertad. Deseaba compartirla.
Entonces abrí los ojos y me vi allí, de pie, en mitad de la acera, completamente solo. Nadie caminaba por la calle. No se oían coches ni motos, ni voces o pasos, ni gritos de niños o ladridos de perro. Absolutamente nada ni nadie. Puse atención. Quería oír algo, al menos, comprobar que no me había quedado sordo aunque no viera a nadie. Nada. Solo el rumor leve de las hojas naranjas mecidas por el suave viento.
Un miedo atroz me atenazó de golpe. Un temblor que no era precisamente de frío me agitó las manos. ¿Por qué estaba solo? ¿Donde estaba todo el mundo? Fue en ese momento cuando la sombra de la gélida soledad ensombreció mi libertad. Eché a correr. Corrí como alma que lleva al diablo. Corrí hasta que me pinchaban los pulmones y me quemaba la rodilla, lesionada hace años.
Cuando paré, desfallecido y mareado lo oí. Oí una voz, una voz que cantaba una dulce melodía. La seguí como un animal hambriento persigue el olor de la carne. Ya no me importaba nada, ni el Sol o el viento, la ropa o el sudor frío que bajaba por mi frente. Solo deseaba encontrar aquella voz. Así que eché a correr esta vez, siguiendo el rumor de aquella voz.
Al entrar en aquella sala me quedé estupefacto. Estaba partida por la mitad por una hilera de barrotes de hierro, fundidos con el suelo y el techo, con una puerta, también de barrotes, pegada a una de las paredes laterales. Y tras ellos había alguien. Era una chica morena de pelo largo, pequeña de estatura y no excesivamente delgada, tampoco cantaba especialmente bien. Era solo eso, una chica normal. Cantaba mirando a través de una pequeña ventana cuadrada, también rejada, y no me había visto entrar. Me acerqué sin decir una palabra y me dediqué a escucharla.
Un rato después la chica paró y al girarse para huir un poco del brillante Sol, me vio, con la cabeza apoyada en los barrotes mirándola hipnotizado. Al principio se sobresaltó un poco pero después me sonrió. Y qué sonrisa...
Solo entonces lo decidí. Me dirigí a la puerta y dí un tirón, y aunque pesaba demasiado, conseguí abrirla hacia afuera. No estaba cerrada, nunca lo estuvo. Entré en aquella pequeña celda, cerré la puerta detrás de mi y me senté junto a la chica. Ella me miró extrañada.
—¿Por qué entras? ¿Por qué te encarcelas a ti mismo si eras completamente libre? —Dijo con una voz suave aunque un poco ronca, como quien no ha hablado en mucho tiempo.
Entonces le sonreí y la miré directamente a los ojos.
—Prefiero compartir la esclavitud, que vivir en libertad completamente solo.
martes, 6 de noviembre de 2012
Llanto.
Cuando noto que el sueño amenaza de nuevo con no volver, después de
sueños acogedores que dolían más que si fueran pesadillas, una suave
brisa, fría como el hielo, me hace acudir a la ventana entreabierta
arrastrando los pies y con mi mente flotando como si fuera un fantasma.
El sonido de las gotas de agua que me atrae como a un niño el de la música del flautista de Hamelín, resuenan en toda la habitación y casi sin pensar me enciendo un cigarro. Al mismo tiempo que noto como el humo me raspa la garganta siento que la leve llovizna me acaricia la mano en la que tengo el cigarrillo, y sonrío. Sonrío con la tristeza de alguien que espera que la lluvia limpie las penas.
Me acuerdo de los ojos. Aquellos ojos por los que miraba a través de una profundidad propia. Ojos que hicieron añicos mi barrera mental. Algo que no esperaba, y que hizo que mi mente se separa de mi cuerpo durante horas.
El tiempo pasa y ese semáforo que tantas veces ha simulado tardar horas en abrirme paso, ahora parecía cambiar a cada minuto. Los coches pasan a cuentagotas bajo mi ventana y solo pienso, entretanto que veo como la ciudad duerme.
Cuando solo queda la colilla entre los dedos, miro al cielo y mientras la lluvia moja mi cara como si llorara con las lágrimas que yo no dejaba salir, veo entre un hueco de las nubes rojizas una estrella que parece darme las buenas noches.
Al tumbarme en la cama de nuevo el nudo en el estómago aun no había desaparecido y oigo como la lluvia golpea los cristales con una fuerza que parecía haber estado reservando para cuando yo me hubiese quitado de su amparo, y pienso… "Llora, llora por todos nosotros."
El sonido de las gotas de agua que me atrae como a un niño el de la música del flautista de Hamelín, resuenan en toda la habitación y casi sin pensar me enciendo un cigarro. Al mismo tiempo que noto como el humo me raspa la garganta siento que la leve llovizna me acaricia la mano en la que tengo el cigarrillo, y sonrío. Sonrío con la tristeza de alguien que espera que la lluvia limpie las penas.
Me acuerdo de los ojos. Aquellos ojos por los que miraba a través de una profundidad propia. Ojos que hicieron añicos mi barrera mental. Algo que no esperaba, y que hizo que mi mente se separa de mi cuerpo durante horas.
El tiempo pasa y ese semáforo que tantas veces ha simulado tardar horas en abrirme paso, ahora parecía cambiar a cada minuto. Los coches pasan a cuentagotas bajo mi ventana y solo pienso, entretanto que veo como la ciudad duerme.
Cuando solo queda la colilla entre los dedos, miro al cielo y mientras la lluvia moja mi cara como si llorara con las lágrimas que yo no dejaba salir, veo entre un hueco de las nubes rojizas una estrella que parece darme las buenas noches.
Al tumbarme en la cama de nuevo el nudo en el estómago aun no había desaparecido y oigo como la lluvia golpea los cristales con una fuerza que parecía haber estado reservando para cuando yo me hubiese quitado de su amparo, y pienso… "Llora, llora por todos nosotros."
jueves, 1 de noviembre de 2012
Tranquilidad.
Abrí los ojos despacio, cuando noté como la cálida luz del sol de invierno me acaruciaba los párpados. No recordaba haberme quedado dormido, ni haberme despertado, pero allí estaba tumbado, en un colchón excesivamente grande y frío. Me giré y bajé los pies al suelo, quedando sentado en el borde.
Noté las losas del suelo congeladas en contacto con la suela de mis pies. Suaves, casi etéreas. Todo brillaba a mi alrededor con una luz extraña, inerte. Me levanté y comencé a caminar lentamente por el pasillo, entornando los ojos.
Había algo en aquella casa que me resultaba desconocido, era como un recuerdo difuso de mi casa real, aunque todo en ella me resultaba familiar. En mi interior sabía que aquel era mi hogar aunque una parte de mi me decía que era una casa diferente, como si estuviera en otro tiempo, en otra época.
La luz anaranjada del atardecer teñía de colores cálidos todos los pasillos y habitaciones a mi izquierda. Acaricié la pared lisa a mi derecha... no sabía por qué era cosciente de todo lo que me rodeaba. Cada imperfección las escayola de la pared, cada rugosidad en el suelo. La dulce brisa que corría por los pasillos. Todo.
Llegé al baño de azulejos blancos como si fuera la primera vez que entraba allí. Abrí el grifo cromado como por impulso, casi como si lo tuviera automatizado y dejé que el agua fría me acariciara las manos. Mis manos, de pronto observé como mismanos se veían arrugadas y con marcas del tiempo y la edad. Y por primera vez la vi. Un pequeño aro plateado me abrazaba el dedo anular. Una alianza. Nada tenía sentido. Casi asustado alcé la vista y allí me vi. El peso de toda una vida calló sobre mi espalda. El reflejo en el espejo era yo, pero no me reconocía. Bastantes canas poblaban mi habitual corte de pelo, practicamente rapado. Incluso mi barba de una semana estaba poblada de canas...
Salí del baño con parsimonia, aquello no era raro. Era lo normal. ¿Verdad? El salón aun más naranja que el resto de la casa a causa del color del toldo se encontraba como siempre. Ordenado y silencioso. Hasta que un niño apareció por la puerta.
Aquel crío me miró y sonrió de una forma que solo pueden hacer los niños. Una que te alegra la vida.
Era un niño precioso. El pelo castaño y brillante le salía en pequeños mechones despeinados y me miraba con unos ojos azules que me sonaban demasiado. Eran mis ojos. Entonces corrió hacia mí. Yo, casi por impulso me agaché, le abracé y lo alcé en brazos. Debía tener unos dos o tres años.
—Cariño despierta a papá anda. —Una voz dulce, melodiosa como el canto de un pajarillo, llegó desde lo más profundo del pasillo y de mi memoria.
—Papi ya está despierto. —Gritó el niño, con una voz casi tal dulce como la de su madre.
Comencé a andar hacia la cocina. Sabía donde estaba la cocina. Lo sabía, era mi casa. Aquel pasillo se hizo eterno, como si andara a cámara lenta.
Y al llegar, allí estaba, una mujer. Mi mujer. No demasiado alta, y con una cascada de pelo caoba callendo sobre sus hombros. Me daba la espalda.
—Hola cielo. ¿Has descansado? —Dijo sin mirarme, con un amor que me llenó de cabeza a pies e hizo que se me erizara el vello de la nuca. Como siempre.
Inhalé aire. Miré los ojos azules de mi hijo y abrí la boca para contestar.
Y entonces me desperté.
Estaba en mi cama de siempre, en mi cuarto de siempre. Me miré las manos y mostraba su habitual juventud.
Y entonces me di cuenta. Estaba solo. Solo había sido un sueño. Jamás sabría quién era aquella mujer perfecta. No sabría el nombre de mi hijo... aunque, pensándolo bien, solo era un sueño.
Solo espero que algún día ellos aparezcan, y poder sentir de nuevo tanta... tranquilidad.
Noté las losas del suelo congeladas en contacto con la suela de mis pies. Suaves, casi etéreas. Todo brillaba a mi alrededor con una luz extraña, inerte. Me levanté y comencé a caminar lentamente por el pasillo, entornando los ojos.
Había algo en aquella casa que me resultaba desconocido, era como un recuerdo difuso de mi casa real, aunque todo en ella me resultaba familiar. En mi interior sabía que aquel era mi hogar aunque una parte de mi me decía que era una casa diferente, como si estuviera en otro tiempo, en otra época.
La luz anaranjada del atardecer teñía de colores cálidos todos los pasillos y habitaciones a mi izquierda. Acaricié la pared lisa a mi derecha... no sabía por qué era cosciente de todo lo que me rodeaba. Cada imperfección las escayola de la pared, cada rugosidad en el suelo. La dulce brisa que corría por los pasillos. Todo.
Llegé al baño de azulejos blancos como si fuera la primera vez que entraba allí. Abrí el grifo cromado como por impulso, casi como si lo tuviera automatizado y dejé que el agua fría me acariciara las manos. Mis manos, de pronto observé como mismanos se veían arrugadas y con marcas del tiempo y la edad. Y por primera vez la vi. Un pequeño aro plateado me abrazaba el dedo anular. Una alianza. Nada tenía sentido. Casi asustado alcé la vista y allí me vi. El peso de toda una vida calló sobre mi espalda. El reflejo en el espejo era yo, pero no me reconocía. Bastantes canas poblaban mi habitual corte de pelo, practicamente rapado. Incluso mi barba de una semana estaba poblada de canas...
Salí del baño con parsimonia, aquello no era raro. Era lo normal. ¿Verdad? El salón aun más naranja que el resto de la casa a causa del color del toldo se encontraba como siempre. Ordenado y silencioso. Hasta que un niño apareció por la puerta.
Aquel crío me miró y sonrió de una forma que solo pueden hacer los niños. Una que te alegra la vida.
Era un niño precioso. El pelo castaño y brillante le salía en pequeños mechones despeinados y me miraba con unos ojos azules que me sonaban demasiado. Eran mis ojos. Entonces corrió hacia mí. Yo, casi por impulso me agaché, le abracé y lo alcé en brazos. Debía tener unos dos o tres años.
—Cariño despierta a papá anda. —Una voz dulce, melodiosa como el canto de un pajarillo, llegó desde lo más profundo del pasillo y de mi memoria.
—Papi ya está despierto. —Gritó el niño, con una voz casi tal dulce como la de su madre.
Comencé a andar hacia la cocina. Sabía donde estaba la cocina. Lo sabía, era mi casa. Aquel pasillo se hizo eterno, como si andara a cámara lenta.
Y al llegar, allí estaba, una mujer. Mi mujer. No demasiado alta, y con una cascada de pelo caoba callendo sobre sus hombros. Me daba la espalda.
—Hola cielo. ¿Has descansado? —Dijo sin mirarme, con un amor que me llenó de cabeza a pies e hizo que se me erizara el vello de la nuca. Como siempre.
Inhalé aire. Miré los ojos azules de mi hijo y abrí la boca para contestar.
Y entonces me desperté.
Estaba en mi cama de siempre, en mi cuarto de siempre. Me miré las manos y mostraba su habitual juventud.
Y entonces me di cuenta. Estaba solo. Solo había sido un sueño. Jamás sabría quién era aquella mujer perfecta. No sabría el nombre de mi hijo... aunque, pensándolo bien, solo era un sueño.
Solo espero que algún día ellos aparezcan, y poder sentir de nuevo tanta... tranquilidad.
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